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Bebedor de absenta
Piják absintu - Viktor Oliva

 

Bebedor de Absenta, de Viktor Oliva es una obra que, a mi criterio, representa en un lienzo lo que un bebedor de absenta vivía cuando, en plena Belle Époque, era la bebida elegida por muchos. No necesitás ser un experto para sentir el peso de lo que ocurre en esa mesa y el impacto que produce verla.

Lo primero que te atrapa es la atmósfera íntima, bucólica y melancólica. El hombre sentado en la mesa de mármol no está celebrando; está solo, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, dejando que el tiempo se le escape en el letargo de la noche. Transmite ese cansancio profundo del bebedor, quien, dueño de su exceso, busca en la copa, que tiene frente a él de color verde, un sentido, pero se encuentra cara a cara con su propia soledad y aislamiento.

«Después de la primera copa, ves las cosas como te gustaría que fueran. Después de la segunda, ves las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir», sentenció Oscar Wilde, refiriéndose a su experiencia al beber absenta en su libro Letters to the Sphinx from Oscar Wilde: With Reminiscences of the Author (Londres, 1930).


Pero, en medio de esa soledad y aislamiento, aparece ella: el «hada verde». La figura femenina translúcida, de perfil y líneas esculpidas, etérea y de un verde esmeralda brillante, parece susurrarle al oído. Representa de forma brillante la fantasía y la tentación. Oliva logró plasmar en una sola imagen la dualidad de la absenta: el encanto de la creatividad y la pesadilla del abismo en el que cae el protagonista.

En un segundo plano, al fondo, se ve a un mozo de impecable traje rodeado de mesas vacías y limpias, lo cual indica que el servicio de esa noche ha concluido. No obstante, se le percibe sorprendido, detenido e inmóvil al apreciar la figura femenina que acompaña al bebedor, quien, al parecer, no se ha percatado de tan bella compañía.

La música no es ajena a los grandes momentos del ser humano; suena en la mente o en el ambiente, como compañera o sombra del contexto. Por ello, no es descabellado pensar que en este escenario se perciben las notas de antaño, cuando era muy común escuchar pequeños ensambles de cuerdas y música de cámara (obras de Brahms, Dvořák o valses vieneses) tocada en vivo.

Así mismo, destaca visualmente el profundo juego de contrastes. Por un lado, percibimos los tonos ocres y apagados del hombre y del entorno del café, que nos hablan de una realidad gris y monótona en las tabernas y reuniones de los intelectuales y bohemios del Art Nouveau. La luz lúgubre, la atmósfera densa y empañada por el humo del tabaco, y el murmullo de las charlas lejanas conforman el lienzo de una noche que parece detenerse en el tiempo.

Viktor Oliva, en 1901, tenía 40 años cuando los dueños del Café Slavia le encargaron esta pintura, que hoy aún se conserva en el mismo lugar. En aquel entonces, su sustento principal provenía de la confección de afiches para eventos y propuestas artísticas, lo que lo convertía en una figura muy activa dentro de la escena local. Además, él mismo conocía bien la bohemia de Praga y París, por eso es fácil entender por qué logró capturar tan bien ese momento, retratando el espíritu de toda una época en la que los intelectuales creían que el ajenjo abría puertas a la inspiración artística, llevándola a otras dimensiones.

Es una obra contemporánea de una de las épocas más ricas en el arte, que vio nacer distintas expresiones culturales que hoy admiramos y aún cultivamos. El bebedor de absenta habla de la vulnerabilidad humana y de la seducción; nos muestra un pequeño momento en la vida de alguien, su deseo de vivir de forma distinta su rutina y cómo la belleza, a veces, viene acompañada de un precio muy alto.

 

 

Marco del Castillo Maldonado

Sommelier 

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